Ellos tienen trabajo. Él ingeniero, ella docente. Él en una operadora, a millas de los sueldos soñados. Ella, en dos colegios. Uno estatal, donde hace lo que puede. Otro privado, donde la tratan como quieren. Aguantan. Prefieren sueldos «como están» a no tenerlos. Tienen dos hijos. Tienen su auto. Hace dos años, lograron comprar un terreno con amigos. Nunca pudieron construir. Alquilan. En la última renovación de contrato, les pidieron un número imposible. «Si pago eso, tengo que dejar de comprar yogurt para mis hijos». Las tarjetas de crédito empezaron a usarse para alimentos y ropa. No más viajes. No más salidas. No más extras. Imposible cubrirlas. Vendieron cosas para achicar deudas. Lo lograron. Les queda el auto. «Por lo menos, vivimos sin pelearnos». Con lo justo. Se cuidan. Son lo que sobrevive de la clase media en una de las ciudades más caras de la Patagonia. No califican para subsidios. No les alcanza para otro terreno ni crédito. No acceden a viviendas sociales. Siempre hay alguien antes. No hay políticas para ellos. Están en el limbo de la crisis. Ese que tiene algo de aquel gato quepes. Lo ves, o no lo ves. Ahí. Ahí. Sentado en la ventaní.