No salir. Quedarse en las casas. «Hacemos lo posible». Ciudades y regiones enteras no preparadas para ningún tipo de emergencia, excepto las de la cotidianidad en punto muerto. De la década del 80, eso sí. Y apenas. Sin planes diseñados para más que la contención. Sin escenarios de catástrofe. Sin cuadrillas preventivas. «Muevan los autos para poder limpiar». Sin fondos para Comités de Emergencia. Sin formación para tomar decisiones centralizadas y sin internismo político. «No nos atienden el teléfono». Sin recursos técnicos. Sin equipamiento. «Se pueden autoevacuar». Sin Plan B. Ni C. Ni idea. «Si no vuelve la luz, verán cómo conservar vacunas». Sólo esperar y rezar para que deje de llover. De nevar. Como rezamos para que no se quemen los bosques. Para conseguir trabajos. Para no perder los que se tienen. Para llegar a fin de mes. Para tener fuerza para seguir. «O me van a decir que el invierno se inventó ahora», dijo un Gobernador casi ofuscado hace unos días. Tampoco habían previsto que se necesita calefacción para dar clases en escuelas. Hagamos un muñeco. Uno enorme. Pongámosle el nombre de nuestras incapacidades consentidas. Bajémoslo a patadas. Seamos mejores que un consejo de no salir y rezar. Salvémonos de nosotros mismos.