Acá se lee de todo. Entre eso, surge el asunto del tiempo necesario para incorporar cambios. En los 60, un cirujano plástico de Estados Unidos observó que sus pacientes necesitaban al menos 21 días para habituarse a la «nueva versión» de sí mismos. Publicó un libro. Vendió millones. Décadas después, un estudio de psicólogos británicos descubrió que el promedio era de 66 días, en un rango que iba de 18 a 254. Todos pedimos cambios. Los soñamos. Los reclamamos. Con mayor o menor exigencia. Los votamos. O no. Los dejamos pasar. Pero el cambio no lleva 21 días, ni 18, ni 254. «Son gobierno hace un año y medio», dice el ciudadano que lleva más de ese tiempo ejerciendo como tal. Quizás, hasta compartiendo el mismo destino fallido y votándolo. Una y otra vez. Tal vez el cambio se mida de otra forma. En intensidad. En compromiso con el trabajo que lo hace posible. Lejos del sobrealimentado ellos versus nosotros. Más cerca del juntos y un día a la vez. Tal vez hasta ni se necesiten los 18 de mínima. Y con hacerse cargo de la parte que toca sea más que suficiente.