#LetraChica, #24

Resulta que se había decidido a salir con su camioneta. Porque no podía quedarse sentado en su casa intacta. Porque había gente pasándola mal. Una de las noches de lluvia y evacuaciones, llegó al Juan XXIII. No se veía nada. Paraba cuando podía, y gritaba preguntando si alguien necesitaba ayuda. De adentro de una de las casas, escuchó: «flaco, ayudame, estoy con mis hijos y no podemos salir». Entró al patio. Se hundía en el barro. Llegó a la ventana del frente. Del otro lado de la reja apareció el hombre detrás de la voz de auxilio. «Tengo a mis hijos acá». Acá era su casa inundada. Encerrados. Las puertas no se movían. Tironearon de la reja. Tampoco se movía. Después de noches de idas y vueltas con ayuda, metido en el barro y llegando a lugares imposibles, se dio cuenta de que no había llevado ni una soga. Nada que pudiera mover esa reja. Miró al hombre. No supo cómo explicarle. Se sentó en el barro y se puso a llorar. Del otro lado de la reja, escuchaba: «no llores, flaco, está bien… está bien…». Cuando se sientan tentados de comprar un relato enlatado, honren a ese flaco. Es cientos de personas anónimas que dejaron todo por los otros, sin presupuestos ni Estados con ellos. Salvaron a cientos. Merecen mucho más que un circo mal rentado, desinformando a todo un país.

Deja un comentario